
El poeta argentino Antonio Tello ha escogido este espacio mítico para adentrarse en la laberíntica y compleja experiencia del Amor. Como los hombres y mujeres de la antigua Hélade, y arropado por sus sombras, se ha dejado caer sobre la piel de una oveja recién sacrificada a la espera de que la divinidad le conceda –por fin– el privilegio de vivirla con su sabiduría. Esto es, y no otra cosa, el libro de O las estaciones, una visión oracular, una revelación pánica de la experiencia amorosa construida toda ella como una alegoría en la que el «árbol», el «aire», la «tierra» y el «fuego» protagonizan, junto a la ninfa y el fauno, un papel primordial de gran carga simbólica en ese abrazo interminable al que ambos se entregan con una incendiaria desesperación largamente inesperada.

En realidad, tomados uno a uno, los poemas del libro de O las estaciones no son sino una delicada sucesión de imágenes en las que la textura, la musicalidad y hasta la misma chiquez de las palabras alcanzan su mayor potestad evocadora cuanto más se aleja la mirada del mismo cuadro. Tomados en su conjunto, nos sentimos arrastrados por una cadena de secuencias cinematográficas preñadas de voluptuosidad pero cuyo dinamismo, desbordante a veces, está fieramente sometido a un férreo marcaje con el que el autor busca no ya sólo el equilibrio expresivo sino conducirnos, también, a un estado absoluto de quietud. En esta paradoja, que nos arrastra a su antojo a las cimas más ardientes de la carnalidad báquica para llevarnos luego hacia el más sonoro y detenido de todos los silencios, reside el principal atractivo de este lienzo de amor que nos ha pintado Antonio, sí, pero con un pincel mojado...
Esta paradoja no sólo afecta al lenguaje poético: también señala los mojones antitéticos a los que se ata, en la vida real, la experiencia amorosa de todos los humanos, como una larga y delicada soga. El amor es, en el tiempo, la consecuencia de un combate entre Eros y Anteros, entre las llamaradas abrasadoras de un Eros que todo lo conmueve a la Psique que toma al animal y en sus brazos lo amansa; de la yesca de la juventud a la serenidade cotidiana de la madurez, que nuestra debilidad nos hace equiparar, erróneamente, con la propia muerte; de la fiebre que “nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema” a lo que Marguerite Yourcenar llamaba la “invasión de la carne por el espíritu...”. El amor, sí, como esa fuerza que, al igual que la rayuela de Cortázar, es capaz de arrojarnos –sin que nos demos cuenta– tanto al cielo como a los infiernos...
Ese es el gran oráculo que los dioses del bosque conceden a los hombres, la gran epifanía que nos es anunciada cuando ya nada es posible. Ese es el universo del libro de O las estaciones. Un libro de amor. Un libro valiente. El libro que sólo es posible cuando media el espíritu de un auténtico «hijo del valor»; y eso es, sí, Antonio Tello.
Antonio Tello, O las estaciones. In-verso, Barcelona, 2012. 84 páginas
De una humanidad sin concesiones, el Cuaderno del delirio de Elvira Daudet es, por buscarle una definición que pudiera servirnos, la expresión más honesta y prodigiosa de lo que yo bautizaría, sin temor a tachaduras, como Poética de la Veracidad. Y sin embargo, en esa verdad de la poeta, no hay una sola coma que no se ciña a su vez a la belleza incontestable y sangrante de la palabra. Si el dolor existe, que sea hermoso; si el desamor me mata, que la sangre que mana sea transparente; si la vida duele, que me acompañes tú, lector, en mi dolor, como un hombro propicio al rescate, como un cómplice del desamparo. LEER MÁS

Dueña de una voz madura y propia; creadora de atmósfera magnéticas y seductiva; bella, joven, culta, leída y vivida... Natalia Litvinova llega a España. Tras demostrar, en sus poemas y traducciones de poetas rusos, que posee lo que hay que poseer para hablar como hay que hablar, y dejarlo por escrito, publica Esteparia, el primero de sus libros que el lector español podrá adquirir como debe ser: en una librería, y abonando un justo precio. LEER MÁS
ANDRÉS TRAPIELLO ANTE EL ESPEJO DEL TIEMPO
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55 minutos, el segundo título que publica Ana Ares, es un libro deslumbrante, un torrente de emoción, contenida con mano sabia y firme, que concilia la belleza con la rigurosa exigencia formal que se ha impuesto la autora, tal vez con el inconsciente deseo de demostrar que no sólo está a la altura de los varones que dirigen la orquesta poética y atesoran laureles y las escasas monedas de este escuálido mundillo, sino por encima de muchos de ellos. LEER MÁS