
55 minutos es un libro deslumbrante, un torrente de emoción, contenida con mano sabia y firme, que concilia la belleza con la rigurosa exigencia formal que se ha impuesto la autora, tal vez con el inconsciente deseo de demostrar que no sólo está a la altura de los varones que dirigen la orquesta poética y atesoran laureles y las escasas monedas de este escuálido mundillo, sino por encima de muchos de ellos.

La segunda entrega de Ana Ares es un libro ambicioso, de amplio registro, lleno de nervio y de personalidad, pero a la vez depurado al máximo por un extremado afán de perfección que, afortunadamente, no ha mermado en la poda un ápice de su frescura, ni alterado la tórrida
pasión que lo anima y consigue sacar chispas a las palabras.
Adherida a tu espalda
comprobar que no duermes
y arrastrarte a mis sueños.
Poemas de sacerdotisa pagana entregada en cuerpo y alma a su dios, que no obstante llevan una calculada dosis de veneno desleído en la dulzura del licor que goza, como una última rebeldía:
Ha de llegar para ambos
un día singular, un día de fiesta.
Un cementerio donde enamorarnos.
Todo el libro es un canto de amor, con sus cargas explosivas sabiamente colocadas para la demolición perfecta, en caso necesario. El libro de Ares está lleno de felices hallazgos, de excelente poesía; una prueba de súbita madurez que nos ha sorprendido a los lectores, mas no excesivamente. Ana Ares ya nos había anunciado, con voz clara y rotunda, en su prodigioso primer libro Atreverse al mar, que poseía el raro don de la poesía, y que venía a quedarse en el lugar que le corresponde por derecho. Y lo hacia en un alarde de espontaneidad, fuerza creadora, y de verdad. Es decir, la sorpresa venía ya dada en ese fascinante libro con el que Ares inauguró el sutil temblor que acompaña a la auténtica poesía, en el que reclamaba la atención del lector para convocarle al suculento y exquisito banquete de la emoción humana.
La poesía, esa flecha silenciosa que espera a los lectores pacientemente, durante años, incluso durante siglos, para abrirnos una brecha de luz entre los ojos que nos haga mirar y ver el mundo por primera vez, no es un acontecimiento frecuente, por eso hay que celebrarlo cuando se produce. Este atormentado y confuso final de época ha hecho germinar por generación espontánea, probablemente como reacción a las abominables bandas mafiosas que nos saquean, una abundante cosecha de poetas, quizá excesiva ‒la bondad humana es pródiga y equivalente a la maldad‒, favorecida por la facilidad que ofrecen las nuevas tecnologías. Hay demasiadas voces, mucho ruido: corales que repiten tediosas las mismas notas, idénticas palabras como un eco vacío; poetas parcos de formación, sin lecturas, que escriben con plantilla, magos de humo tramposos. Puede resultar fácil descartar a los menos dotados a primeara vista, pero ¿cómo oír, en medio del clamor, el tenue silbido de la flecha y descubrir las voces que cruzarán la frontera del presente? Ni el más avisado y clarividente crítico se atrevería a apostar por una voz que vaya a superar la "cuarentena" que exige la excelencia para señalar la obra maestra que convertiría en inmortal a su autor, felizmente. ¿Quién sería tan necio como para interesarse por la posteridad con el mundo haciéndose añicos? Sin embargo, no hay que desanimarse, amigos: el mundo se desintegra pero la poesía, pese a la confusión y el griterío, goza de excelente salud y el mañana está a la vuelta de la esquina. En medio del ruido, siempre surgen solistas de voz limpia y potente que cantan su propia música. He tenido el privilegio de conocer a algunos de ellos, entre los que se encuentra Ana Ares, que son la esperanza en la poesía de mañana.
___
Ana Ares, 55 minutos. Ediciones Vitruvio, Madrid, 2013.
De una humanidad sin concesiones, el Cuaderno del delirio de Elvira Daudet es, por buscarle una definición que pudiera servirnos, la expresión más honesta y prodigiosa de lo que yo bautizaría, sin temor a tachaduras, como Poética de la Veracidad. Y sin embargo, en esa verdad de la poeta, no hay una sola coma que no se ciña a su vez a la belleza incontestable y sangrante de la palabra. Si el dolor existe, que sea hermoso; si el desamor me mata, que la sangre que mana sea transparente; si la vida duele, que me acompañes tú, lector, en mi dolor, como un hombro propicio al rescate, como un cómplice del desamparo. LEER MÁS

Dueña de una voz madura y propia; creadora de atmósfera magnéticas y seductiva; bella, joven, culta, leída y vivida... Natalia Litvinova llega a España. Tras demostrar, en sus poemas y traducciones de poetas rusos, que posee lo que hay que poseer para hablar como hay que hablar, y dejarlo por escrito, publica Esteparia, el primero de sus libros que el lector español podrá adquirir como debe ser: en una librería, y abonando un justo precio. LEER MÁS
ANDRÉS TRAPIELLO ANTE EL ESPEJO DEL TIEMPO
Si Hölderlin aseguró que "lo que dura, lo fundan los poetas", es probable que Andrés Trapiello se conformase con una versión menos ambiciosa (o presuntuosa) de esta frase, tal vez: lo que dura, lo reflejan los poetas. Ante todo, porque lo captan, lo acogen y, sólo después de cerciorarse de su carácter genuino, cierto, lo vuelcan en un papel en versos fijos, pulidos y esplendorosos. ¿El poeta como un copista? Tampoco tan poco, pero casi que así. Y de ello deja cumplida constancia el poeta leonés en su último poemario publicado hasta la fecha, Segunda oscuridad, editado por Pre-Textos tras varios años de silencio editorial, donde las visiones de la naturaleza y la percepción del paso del tiempo asaltan al escritor para que les dé cumplida respuesta. Y, a tenor de lo leído, con sobrada solvencia poética. LEER MÁS