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Gianni Vattimo |
El proyecto (ideado, estimulado y coordinado por Pier Aldo Rovatti y por el propio Vattimo) aglutinaba textos de autores que se querían herederos de la llamada escuela de la sospecha de Marx, Nieztsche y Freud, a los cuales pretendían incluir, de forma original, en el debate intelectual de la Italia de los ochenta. Aun así, las influencias eran de mayor alcance, y alcanzaba a filósofos puros y duros como Heidegger y Wittgenstein, escritores como Peter Handke y Franz Kafka, investigadores de lo real como Lacan y Serres, etc. Como basso continuo, se diseñaba una idea genérica de la filosofía que rechazaba la pretensión de adueñarse del fundamento del mundo, para apostar por una actitud contemplativa, reservada y, en cierto modo, irónica (en el sentido rortyano de la palabra, no socrático) del pensamiento, el cual sólo en este sentido se podía denominar débil. La debilidad filosófica era, pues, antes una actitud subjetiva del filósofo frente a su tema de reflexión, que una propuesta de contenidos. La confusión de uno y otro plano dio pie a una polémica, liderada por Habermas y sus adláteres comunicativos.

Pero la debilidad filosófica es, aunque muchos no se quieran enterar, uno de las apuestas del pensamiento más valientes de las últimas décadas.
La malicia en la recepción del pensamiento débil, la presunción de culpabilidad que ha rodeado a sus autores y, al fin y al cabo, la ignorancia supina de los filosofantes españoles respecto a cuanto concierne a esta tendencia del pensamiento, ha adelgadazado su impacto en los estratos más profundos del segundo oficio más viejo del mundo (pensar). Con todo, ya es hora de que se tomen los textos y se valore en su medida hasta qué punto la debilidad es, en filosofía, una pregunta todavía sin respuesta.
¿INVERTIR EN LIBRO ANTIGUO ES UNA BUENA IDEA?

¿ES LA BIBLIOFILIA UNA ENFERMEDAD?
Manía, obsesión, enfermedad... demasiadas veces se ha querido asociar la bibliofilia con un transtorno de la personalidad, cuando ante todo se trata (etimológicamente, al menos) de una pasión, de un afecto: de un amor. Más allá del furor coleccionista y la codicia acumuladora, el bibliófilo es, más que cualquier otra cosa, un devoto enamorado, y lo es de un objeto material, bello en su forma, cuidado en su confección y perfecto en su contenido. Icono del más alto saber, el libro se muestra ante los ojos del bibliófilo como un dechado de virtudes que lo hacen digno de culto. ¿Cómo va a ser eso insano? LEER MÁS
EL LIBRO QUE NADIE PUEDE LEER

DORÉ: EL VAGABUNDO COMO HISTORIADOR
El genio del grabado francés del siglo XIX Gustavo Doré logró, con su serie de litografías sobre Londres, conmover al público de su tiempo con unas estampas veraces, hondas y comprometidas con la realidad, lo cual no fue entendido por todos. Y es que, hasta entonces, el artista había halagado el gusto popular con sus ilustraciones de grandes obras literarias (la Divina Comedia de Dante o las obras de Shakespeare) o de escenas bíblicas, algo bastante inocuo en suma y adecuado para todos los públicos. Sin embargo, cuando Doré colocó un espejo ante quienes hasta entonces le habían acogido con entusiasmo, se elevó por encima de su tarea de mero ilustrador para convertirse en un auténtico cronista: en artista verdadero. Y eso que él, en sus propias palabras, apenas se consideraba como un simple vagabundo... LEER MÁS