Vicente Javier Llop.- Que no es eficaz la palabra, dicen. Que es mejor la experiencia, dicen. Que las palabras se olvidan al tercer día, cuando finalizan los ejercicios espirituales, por así decir. Que sólo valen para aquel que ya está dispuesto a ellas y por tanto le sobran, dicen. Es cosa sabida: a las palabras se las lleva el viento.

“Te quiero”: dos palabras se pronuncian y un abanico de indescriptibles vivencias remueven nuestro corazón y nuestra mirada. “Te engañé”: dos palabras sepultan todas nuestras esperanzas en la tristeza más negra. Hablamos y hablamos cada día, incansablemente, intercambiando símbolos, esas medallas o monedas divididas que buscan su otra mitad para completarse. Aunque sólo fuera por ese afán...
Hablamos como quien busca cobijo en el otro para recogerse y para alegrarse, para sentir que no hay soledad que las palabras no puedan atravesar -siquiera sea a ratos o a trompicones-; y cuando nadie nos dirige la palabra... ahí estamos, desarbolados, a la intemperie de la tristeza que nos sorprende como la lluvia recia de verano.
“Dime que me quieres”, pide la protagonista de “Johny Guitar”. “Te quiero”, le contesta él, compasivo. “Dime que siempre te quedarás conmigo”, le suplica de nuevo. “Siempre estaré contigo”, le promete Johny. Sólo pedimos unas palabras como quien pide unas migajas, mendigos hambrientos del amor, pues las palabras son el único andamiaje que, en definitiva, nos sostiene y nos tiene -aun sabiendo allá en el fondo que son sólo palabras-, nos unen con su bla-bla-bla interminable (pues, ¿quién tiene la última palabra? ¿quién agota lo que desea decir con palabras?) como eslabones de ese hilo finísimo de la existencia que se rompe definitivamente no con la muerte -pues esta sólo es efecto final y no causa-, sino con el silencio negro de las palabras que ya no creemos y la amargura blanca de las palabras que nadie nos cree. Las palabras... ¡qué poder imaginario!
Efecto poderoso de las palabras que se incrementa con el cuándo, el dónde, el cómo, el por qué, el quién... ¿No tuvo que taparse los oídos con cera Ulises para evitar la fascinación del canto de las sirenas? La palabra es el don del intercambio más sutil, aun cuando sus doblones -desgastadísimos al correr de boca en boca- hayan perdido sus aristas y sus efigies apenas perceptibles nos obliguen a acumularlos, como si su peso y cantidad pudieran ofrecernos el regalo de una palabra limpia. Son ellos, los poetas, los creadores de palabras, los forjadores de nuevas monedas, los más cercanos a la riqueza del don, pues la palabra ilumina lo que dice.
Creemos, a veces, que la experiencia es la verdadera maestra, como si fuera una piedra que cae sobre nosotros o un muro espeso que, ante nuestra mirada, nos ofreciera la lección más clara y luminosa. Mas cabe preguntarse qué sería de esa experiencia (de eso que llamamos “experiencia”) sin las palabras que, explícitas o no, la definen, la determinan, la dibujan y la cincelan, cada cual como sabe y como puede.
Sí, hasta que uno no cae derribado del caballo como Pablo de Tarso, nada cambia, pero no deberíamos olvidar que fue gracias a la palabra que resonó en lo alto como se produjo la transformación-caída-experiencia.
Mas, ¿qué sería de la palabra sin el silencio? Ah, eso lo dejaremos para otra ocasión...
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Este texto forma parte del volumen titulado Potencia del sueño y otros textos desgarrados que el autor publicará en breve para dLibro.
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